Al principio somos como niños ansiosos. Queremos que todo llegue lo antes posible, soñamos con devorar experiencias, con exprimir la vida. Más tarde llegan los triunfos, las desilusiones, las piedras en el camino… No obstante, de eso trata la vida, de avanzar, de asumir cambios y ser humildes en todo ese maravilloso trayecto vital.

 

¿Quién no ha querido alguna vez que algo llegue lo más pronto posible? ¿Y quién no ha deseado en alguna ocasión que un momento fuera eterno, que el tiempo se detuviera ahí mismo como esas rocas que se alzan firmes en medio del océano?

 

No importa, porque los buenos momentos siempre se quedarán impresos en nuestra memoria. El hombre, por así decirlo, está hecho de recuerdos y nos pasamos gran parte del día evocando buenos y no tan buenos instantes.

 

Admitir que nuestra vida discurre un poco más cada día y que avanza con un tic-tac que nadie puede detener, es sin duda algo que nos asusta y que nos obliga a reflexionar. No obstante, no hay que tener miedo a ese camino, a ese avanzar.

 

Todos somos breves inquilinos es este mundo imperfecto lleno de cosas maravillosas. No hay que tenerle miedo a los años, sino a la vida no vivida, a los años vacíos huecos de emociones, de triunfos y por qué no, también de fracasos nunca experimentados. Esos de los que tanto aprendemos…

 

Excepto las esencias: tu autoestima, el amor, el respeto, la dignidad.

 

No le tengas miedo a los cambios, son anclas que rompemos para avanzar.

 

El amor que sentimos por los nuestros, por nuestra familia, son puntos fijos en nuestra esencia vital.
Nunca dejes de cuidar ese niño interior, debes ilusionarte, ser espontáneo, disfrutar de las cosas sencillas, atreverte.
No te ancles en los errores del pasado, ni te alimentes de nostalgias, la vida no espera a quien se detiene en sus propias oscuridades.

 

Permíteme crecer con ilusión y sencillez.