Próximos al debate propuesto por los legisladores nacionales, respecto a la baja de la edad de imputabilidad, el obispo de Reconquista, Mons. Dr. Ángel José Macín, junto a las Comisiones Diocesanas de Pastoral de Adicciones, Carcelaria y Social, comparten con todo el Pueblo de Dios un comunicado donde nos interpela como cristianos a reflexionar sobre este acontecimiento de extrema importancia.

 

«El castigo y la baja de la edad de imputabilidad no son la solución»

 

En estos días asistimos a un debate que desde hace un tiempo una parte de la sociedad viene reclamando: ¿Qué debemos hacer frente al crecimiento de los hechos de inseguridad, donde están involucrados niños y adolescentes?

 

Este tema no tiene ni debe tener un abordaje simple, ni superficial, porque es complejo y es multicausal. Las salidas rápidas y aparentemente fáciles nunca logran solucionar nada y complican aún más los caminos de posibles respuestas.

 

Frente a una realidad que se presenta tan difícil para la sociedad toda, pero especialmente para los más pobres, debemos afrontar el tema analizando de forma realista y amplia los contextos de vulnerabilidad que viven muchas familias, niños y adolescentes, especialmente en nuestros barrios más pobres.

 

La falta de acceso a los derechos básicos de los menores y las familias, como los mínimos cuidados de la salud, en un sistema que está colapsado, especialmente en la salud mental; la falta de trabajo y su precarización, unido a las dificultades para conseguir los alimentos diarios, generando muchas veces desnutrición; el abandono escolar de los niños y adolescente, que con los proyectos de ley propuestos generaría aún más deserción, la violencia familiar, etc., nos señalan un contexto complicado y desalentador, en el que difícilmente las infancias más pobres puedan crecer en ambientes sanos y con igualdad de oportunidades para desarrollar un futuro digno.

 

La problemática del narcotráfico y las adicciones vienen a agravar aún más la realidad en la que crecen los niños y adolescentes. En estos últimos años se ha constituido un verdadero estado paralelo, promovido por aquellos que, en nuestros barrios, se han adueñado de nuestras infancias y familias.

 

El Estado ha retrocedido, y ha abandonado a las comunidades, a su suerte, reduciendo recursos de prevención, acotando proyectos de inclusión y de promoción social y contención en la salud mental.

 

Pero también como sociedad nos hemos desentendido del tema, hemos caído en la indiferencia y no nos hemos dado cuenta que este tema nos atañe a todos, es responsabilidad de todos.

 

También como iglesia debemos hacer una autocrítica, ya que no hemos hablado ni abordado este tema con mayor empeño y compromiso, en las comunidades parroquiales, poniendo el acento en la prevención, en la formación y el acompañamiento efectivo. Como Iglesia diocesana debemos decir no solo una palabra sino muchas palabras. Una palabra iluminadora, manifestada con claridad y determinación.

 

El castigo y la baja de la edad de imputabilidad y punibilidad no son la solución. La cárcel de por sí, no redime, no reforma, no cambia a nadie. El castigo sin abordar la causa y sin hacer hincapié en la prevención es un absurdo.

 

Muchos dicen que la inseguridad no es un tema político, pero sí lo es. Esta problemática tiene que ver con la política y las políticas que se quieren implementar hoy en nuestro país, donde se quiere castigar más que prevenir, educar y acompañar.

 

La invitación es que todos como sociedad, cambiemos nuestros modos de pensar y actuar. Debemos ir al encuentro de la realidad concreta, no la de los discursos que buscan generar un efecto mediático o sumar «likes».

 

La posición de la Iglesia y de la Iglesia Diocesana es clara: Los pobres no son el problema, no se soluciona el problema de la inseguridad cortando el hilo por lo más delgado. No se soluciona el problema buscando un chivo expiatorio y menos aún, poniéndolo en los niños y adolescentes más pobres.

 

Construir cárceles para los niños y adolescentes, no soluciona nada, sino que agrava más aún el problema generando mayor desigualdad y división social.

 

Finalmente, queremos decir una palabra a las familias de las víctimas, de aquellos que han perdido a sus seres queridos: esposos, padres, hijos, hermanos, nietos, en este contexto. La iglesia diocesana, comparte su dolor y sufrimiento, está cerca de cada uno de ustedes, víctimas de un sistema y de una sociedad que se ha vuelto cada vez más deshumanizada, no reconociéndonos como hermanos y haciendo del odio y la violencia un modo de vida cotidiano.

 

Que nuestra madre la Inmaculada Virgen María, que sabe de dolor y contención, nos ampare y ayude a sanar nuestras heridas.

 

Reconquista, 09 de febrero de 2026

 

 

 

Pastoral Carcelaria Diocesana

Pastoral de Adicciones Diocesana

Pastoral Social Diocesana

+ Ángel José Macin

Obispo de Reconquista