El Obispo de Reconquista Ángel José Macín envió una carta a todos los feligreses con motivo del inicio de la Cuaresma 2O14.

 

LLAMADO, DESPOJO Y ENVÍO

 

En los inicios de mi ministerio pastoral en la Diócesis de Reconquista, quiero llegar a ustedes para invitarlos a ponernos, una vez más, a la escucha de la Palabra de Dios y disponernos a esta nueva etapa que nos toca recorrer juntos. Predisponernos a la escucha no se trata solo de una invitación de tipo general. Es un pedido que intenta ser más concreto y que consiste en asumir un pasaje bíblico, leerlo y meditarlo en forma personal, reflexionarlo y orarlo en forma comunitaria, para que de la Palabra de Dios pueda penetrar en lo profundo de nuestro corazón y nuestras estructuras pastorales y pueda transformarlas desde dentro, encaminándonos a una decidida apertura misionera.

 

El pasaje bíblico que les propongo como referencia para este tiempo cuaresmal y para todo el año 2014 es Lc 10,1-20, conocido como el “envío de los setenta y dos discípulos”. He elegido este pasaje porque nos ubica, siguiendo las sendas del Papa Francisco, en las fuentes mismas de nuestra vida como cristianos y como Iglesia: llamados para evangelizar. El carácter amplio del número de los enviados que contiene el texto sugiere que ya en el ministerio de Jesús, todos fueron incluidos en el dinamismo de la misión. La misión no es un privilegio u obligación de unos pocos, es un gozo y una responsabilidad para todos.

 

El tiempo de cuaresma será propicio para comenzar este itinerario de meditación personal y comunitaria del texto, que espero se prolongue en los meses siguientes, para revivir nuestra experiencia de encuentro con Jesús, para discernir juntos, a la luz de la Palabra de Dios, de qué cosas tenemos que desprendernos, qué cosas tenemos que dejar para caminar con alegría y entusiasmo en el seguimiento del Señor y renovar nuestro impulso misionero esta nueva etapa en la vida diocesana.

 

1. Llamados por Jesús

 

Al comienzo de nuestra vida cristiana está el llamado de Jesús, quien nos convoca para estar con Él y para enviarnos a evangelizar. El Papa Francisco, recientemente nos recordaba, citando palabras de su predecesor Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un horizonte nuevo a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG 7).

 

Se nos dice en Lc 10,1 que después de plantear las exigencias de la vida del misionero, Jesús “eligió” y “nombró” otros setenta y dos y los envió delante de Él, para que le preparasen el camino. El fundamento de nuestra identidad cristiana, como discípulos, y de nuestro ser Iglesia, está en el llamado, en la elección por parte de Dios. “No son ustedes los que me eligieron, sino que yo los elegí a ustedes…” (Jn 15,16). ¡Qué lindo es ser elegido! ¡Qué lindo es ser llamado, es ser tenido en cuenta por Jesús, para estar y trabajar con Él!

 

Esta experiencia de elección se percibe y se reconoce cuando se cultiva un vínculo personal con el Señor. La oración es el espacio donde ese vínculo comienza a tomar forma.

 

Por eso, la primera recomendación a los discípulos es la oración. Rezar para participar del llamado de Dios. Rezar porque el desafío es grande y los trabajadores son pocos. Rezar para que otros puedan sumarse a esta aventura de anunciar la buena noticia del Reino. Para orar y compartir: ¿He escuchado la voz de Jesús en mi corazón, que me llama para estar con Él? ¿Puedo vivir cada día un encuentro personal con Jesús en la oración? ¿Me dice algo la frase “la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos”? ¿Estoy dispuesto a responder a Jesús, a su llamado?

 

2. Animarse al despojo

 

Despojo, despojarse, es una palabra fuerte. Se utiliza en nuestra zona para hablar de la cosecha de mandarinas y naranjas. Su sentido es duro porque indica que la acción de despojar es quitarle a la planta el fruto que ofrece. El despojo implica dolor, sacrificio, renuncia.

 

Pero existe también un despojo diferente, que es un desprendimiento voluntario y libre.

 

Puede ser personal y comunitario. En Lc 10,4 leemos, en las indicaciones que Jesús les da a sus enviados, “no lleven dinero, ni alforja, ni sandalias. Y no se detengan a saludar a nadie por el camino”. Es impresionante: no llevar nada, ni siquiera sandalias, fundamentales para la protección contra las piedras y cascotes que uno se encuentra por la calle. Además, Jesús les pide salir con premura, a no entretenerse demasiado en preparativos superficiales. Por su parte, la recomendación de no saludar no se refiere a una falta de educación, sino a la urgencia de la misión que está delante. No se puede perder tiempo en cosas secundarias.

 

Si ahondamos en esta idea del despojo, conviene detenernos un momento a contemplar a Jesús. Nos dice la Carta a los Filipenses, citando un antiguo himno referido a la persona de Jesús: “se despojó de su condición divina, pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). Es decir, se despojo de su gloria, se despojó de todo. Entonces, Jesús aparece como el primer misionero, quien renunciando a su gloria, se dedica a recorrer los caminos y los pueblos, para anunciar la buena noticia del Reino.

 

Creo que el lenguaje del despojo puede iluminar mucho el concepto de “conversión pastoral”, sobre la cual comenzamos a pensar y a trabajar en estos últimos años. La conversión pastoral es el cambio que tenemos que llevar adelante en nuestra acción evangelizadora, para optimizar el anuncio del evangelio, para no perder energías en cosas que ya no funcionan, para no “gastar pólvora en chimangos”. Pero se trata de un despojo con sentido. No se trata de andar livianos de bienes, con lo mínimo indispensable, solamente para mostrar a los demás nuestra capacidad de sacrificio, nuestra heroicidad o nuestro gusto por la novedad. El despojo tiene un sentido muy concreto: la misión, el anuncio de la buena noticia del Reino.

 

Para orar y compartir: la Palabra de Dios, con su fuerza, nos interpela y nos cuestiona:

 

¿Qué cosas sobran en “mi mochila”? ¿Qué cosas me impiden personalmente seguir a Jesús y salir a anunciar que el Reino de Dios está cerca? ¿Qué cosas impiden en nuestras capillas, en nuestras parroquias, en nuestros grupos y movimientos, caminar libres hacia quienes nos esperan y nos necesitan? ¿No será que estamos demasiado quedados y dando demasiadas vueltas para salir a misionar?

 

3. Enviados a anunciar la buena noticia

 

Si volvemos al texto evangélico propuesto al inicio, vemos que allí se habla con toda claridad del mandato de envío por parte de Jesús. Es Él quien llama y quien envía. Es Jesús quien designa a los setenta y dos y los manda a los lugares donde El debía ir. Es decir, los misioneros de Jesús anticipan su llegada. No van por cuenta propia. Son testigos. Pero testigos con autoridad.

 

Este envío se realiza de dos en dos. No se trata de una misión individualista, de quien se corta solo y piensa que tiene todo claro. Se trata de una misión que es pensada por Jesús como una misión de la Iglesia, en Iglesia, en vistas a crear y hacer crecer la comunión entre las personas.

 

Los medios para el anuncio son precarios, sobrios, porque en este envío, la prioridad la tiene el contacto personal, el llegar a la casa de las familias, de la gente. Podemos ser bien recibidos o podemos ser atendidos con indiferencia o hasta rechazados. Pero el camino elegido por Jesús es así: el evangelio se ofrece libremente, y puede ser aceptado o rechazado.

 

El anuncio del evangelio tiene también un carácter social. Tiene que tocar nuestros vínculos, las estructuras que nos organizan como sociedad. El evangelio que llevamos es anuncio de paz y bendición. Es también denuncia profética de todo aquello que atenta contra la dignidad de las personas. Y especialmente es buena nueva de liberación para los alejados y marginados. No podemos olvidar que, el mismo Jesús, cuando comenzó a hablar de su misión dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,18).

 

No caben dudas que la misión es un tema que nos viene acompañando desde los comienzos mismos de nuestra vida diocesana. De diferentes formas hemos intentado ser fieles a este mandato de Jesús. Pero hoy vivimos una hora especial y diferente. Tenemos que volver a salir, tenemos que ponernos nuevamente en camino para anunciar aquello que hemos visto y oído (cf. 1 Jn 1,3).

 

Para orar y compartir: ¿Cuáles son los nuevos lugares para la misión en nuestra diócesis, en nuestras zonas, en nuestras parroquias? ¿Qué ambientes necesitan más de nuestra presencia, del anuncio de la Palabra y de nuestro testimonio? ¿Cuáles son las “periferias existenciales” de nuestra diócesis? ¿Cuáles son las prioridades que tenemos que atender?

 

4. La alegría de evangelizar

 

El final del texto que nos guía en nuestra reflexión señala claramente cuál es la verdadera recompensa de la misión: “alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lc 10,20).

 

¿Dónde radica la felicidad y el gozo del discípulo misionero? En pertenecer a Jesús, en formar parte de su reino. En vivir la amistad y la comunión con su persona. El estar con Él. El caminar con Él, cargando nuestra cruz de cada día, para participar de la vida del Resucitado.

 

La alegría del cristiano es, fundamentalmente, un alegría que brota del misterio de la Pascua, renovada en cada Eucaristía.

 

Para orar y compartir: también aquí tenemos que preguntarnos: ¿Qué nos mueve en nuestro compromiso pastoral? ¿En qué cosas encontramos alegría y gozo? ¿En los frutos que cosechamos? ¿En el prestigio de conservar por años un puesto o un lugar de privilegio, en el aplauso pasajero de algunos, en el “curriculum pastoral”…o en estar con Jesús y ser parte de su familia?.

 

Estamos comenzando una nueva etapa. Una etapa que nos entusiasma, con la figura del Papa Francisco que nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestras comodidades y a encontrarnos con aquellos que esperan la alegría de la buena noticia del Reino, y también con aquellos que han perdido la fe o les resulta totalmente indiferente. No perdamos esta oportunidad. Todos podemos ser misioneros. Los niños con pequeños gestos y acciones. Los ancianos y enfermos desde su lugar de reposo y, muchas veces, de sufrimiento.

 

Los adultos desde su experiencia y su fe madura y comprometida. Los jóvenes, sobre todo los jóvenes, con su fuerza y su energía. ¡No dejemos de gustar la dulce y confortable alegría de evangelizar! ¡No perdamos esta oportunidad única e irrepetible que el Señor nos ofrece!.

 

Sede Episcopal, 5 de marzo de 2014, miércoles de ceniza.

 

+ Mons. Ángel José Macín

 

Obispo de Reconquista